MEDITACIÓN MATUTINA: JUEVES DE LA SEGUNDA SEMANA DE ADVIENTO

Meditación matutina: Consideraciones sobre el Estado religioso - IV
     Considera los tormentos del alma de uno en el infierno que perdió su Vocación.
     Él dirá: ¡Oh, tonto que fui! ¡Podría haber llegado a ser un gran Santo! Y si hubiera obedecido a la llamada de Dios, ciertamente me habría convertido en santo, y ahora estoy condenado sin remedio. Elige, pues Dios lo deja en tus manos, ser un gran rey en el Paraíso, o un réprobo en el infierno.

Meditación I:
     El remordimiento por haber perdido, por culpa propia, algún gran bien, o por haber sido causa voluntaria de algún gran mal para nosotros mismos, es tan grande que aun en esta vida es un tormento insufrible. Pero, ¡qué tormento sentirá en el infierno aquel joven, llamado por el singular favor de Dios al estado religioso, cuando percibe que si hubiera obedecido a Dios habría alcanzado un alto puesto en el Paraíso, y se ve, sin embargo, confinado en aquella prisión de tormentos, sin esperanza de remedio para esta su eterna ruina! Su gusano no muere. - (Marcos ix., 43).
     Este será ese gusano que, viviendo siempre, le roerá el corazón con continuos remordimientos. Tonto de mí, dirá, podría haber llegado a ser un gran santo. Y si hubiera obedecido, ciertamente habría llegado a ser Santo; y ahora estoy condenado sin remedio.
     ¡Desgraciado Hombre! Para su mayor tormento, en el Día del Juicio, verá y reconocerá a la diestra de Dios y coronados como Santos, a aquellos que siguieron su Vocación, y, abandonando el mundo, se retiraron a la Casa de Dios, a la que él también había sido llamado. Se verá a sí mismo separado de la compañía de los Bienaventurados, y colocado en medio de esa innumerable y miserable tripulación de los condenados, por su desobediencia a la voz de Dios.
     No, Dios mío, no permitas que te desobedezca y te sea infiel. Veo tu bondad y te doy gracias porque, en lugar de alejarme de tu rostro y desterrarme al infierno, como tantas veces he merecido, me llamas a ser santo y me preparas un alto lugar en el Paraíso. Veo que merecería un doble tormento, si no correspondiera a esta gracia, gracia que no se da a todos. Te obedeceré. He aquí que soy Tuyo y siempre seré Tuyo. Abrazo con alegría todas las penas e incomodidades de la vida religiosa, a la que Tú me invitas. ¿Y qué son estas penas en comparación con las penas eternas que he merecido? Estaba enteramente perdido por mis pecados; ahora me entrego enteramente a Ti. Dispón de mí y de mi vida como te plazca.

     Encontrará meditaciones y lecturas para otros días del año en el Meditaciones diarias de este sitio web.

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